Escena uno: Toyota
Sandra llegó sesenta y dos segundos pasado aquel confuso momento llamado el medio día. Su traje azul aún tenía un poco de polvo del camino pero lograba conservar una relativa y andrógina elegancia. Escupió justo a once centímetros de sus botas, examinó es contenido su misil. No había sangre en él, se sintió aliviada, pero también la invadió un poco de desilusión. Nadie quiere estar enfermo, pero todos quieren un poco de atención, incluso Sandra en un día de agosto.
Dejó el Toyota azul pizarra estacionado a unos cuantos metros, por si algo salía mal. Aseguró su posición por radio, si fracasaba, otro debía terminar el trabajo.
Las gallinas hicieron un ruidito suave mientras ensayaban pequeños vuelos al paso de la chica. Se detuvo frente a la puerta y espero porque alguien se dignase a atenderla.
-¿Qué buscas? Preguntó una voz que venía de las entrañas de la casa.
-Tengo un paquete.
-No he pedido paquetes.
La chica observó lo que decía su bitácora, ya se había equivocado antes. Cuando estuvo segura soltó su seco mensaje.
-Pues tiene un paquete igual.
El viejo asomó su despeinada cabeza. Sandra no pudo imaginar su edad, pero probablemente llevaba ahí demasiado tiempo. La gente tiene que aprender a moverse, a dejar lugares, sobre todo en este tiempo.
-¿Cuánto te debo?
-No se preocupe, lo manda la oficina de la intendencia, usted no me debe nada.
El destinatario tomó el paquete, confirmó sus proporciones, cuarenta centímetros de largo, dieciocho de ancho, y unos diez de profundidad.
-Debo pedirle que lo abra agregó la chica.
-¿No puede esperar?
-No, debo insistir.
Las manos de viejo comenzaron a temblar. Sandra tuvo que esperar un momento para asegurarse de que no se estaba riendo, este trabajo la había vuelto insensible. El tesoro quedó revelado después de un poco de esfuerzo. Pero ahí estaba, era una cabeza de muñeca, no más grande que un puño.
-¿Qué significa esto?
Sandra movió su cabeza en perfectos sesenta y dos grados.
-¿No sabe? Pues piense un poco.
Ese era el momento para alejarse un poco, pero tampoco podía salir corriendo, había reglas para hacer una entrega. Así que lentamente dio la espalda a la escena, contó hasta doce, sólo entonces dejó de caminar. El grito fue bajo, agrio, pero no menos doloroso. Tardó pero entendió, todos lo hacen de una manera u otra.
Entró en el auto y se sentó, no quiso cerrar la puerta, el oído la engañaba cuando había demasiado viento. Pero el disparo fue fuerte y claro, quizás incluso un poco exagerado. Pero estos viejos pueden tener todo tipos de acero. Algunos incluso habían sido milicos en otras vidas, se les permitía quedarse con sus armas, ya saben por motivos de virilidad.
Se quedó pensando un rato, ¿cabezas de muñeca? Cursi, pero de cierta forma el gusto por el drama hace el trabajo de los chicos del laboratorio más agradable.
La radio indicó orden de regresar a la central. El Toyota se movió con calma, hasta que se encontró con la carretera, luego estaban demasiado lejos para saber si es que algo más fue dicho.
No se si es un mambo mio esto de quedarme en cosas tan puntuales, no lo creo. Crear en el detalle, es el compromiso del artista, y vos lo logras perfectamente.
Te escribo estas palabras con sincera admiracion. Te mando un abrazo!!!
Muchas gracias, reitero.