Cada dos o tres meses, el jefe de Jaime se atrasaba en un pago, nunca pasaba más de una semana, pero era suficiente para desajustar los cobros que se hacían automáticamente a la cuenta corriente. Cuando eso ocurría Eme debía ir al banco, hacer una cola tenerla detenida entre quince y cuarentaicinco minutos. Nada de eso le parecía tan terrible como la posibilidad de atrasarse en el pago de su dividendo. Ella debía puntualmente cumplir con el pago de su cuota número diez de las trescientas sesenta que quedaban para terminar de pagar la casa.
Eme sabía muy bien que habían tenido suerte, la inmobiliaria había hecho una oferta colectiva a todo el personal de la empresa. Ella se aferró a la oportunidad con garras y dien-tes. Gracias a su tenacidad, el entonces recién formado matrimonio se había ahorrado al me-nos cien UF. Eso era algo por lo que se felicitaba todo lo días, menos los días de pago, claro está. Especialmente cuando debía perder el tiempo, ahora estaba dejando sin atender su nuevo puesto. Ella no era así, ella era responsable.
Cuando regresó a la oficina se encontró con una gran cantidad de carpetas, Bernardita las había depositado sobre su escritorio. No estaban ordenadas por tema, menos por número, sino por colores. Eme sonrió ante este obvio anuncio de guerra por parte de su asistente, y atacó su trabajo con diligencia.
Cuando tenía quince años Eme comprendió. en mayor o menor medida que el resto de sus compañeras de clase, que la única manera de triunfar era trabajando duro. Así es, Eme nunca se levantaba para morir, siempre para matar.
Nadie llamó por teléfono, nadie tocó su puerta. Almorzó sola, los jefes solían comer en casa, y no se sentía bien comiendo con el resto de los empleados. Ese día se sirvió consomé de carne, dos papas cocidas, pollo al jugo y una gelatina de color amarillo. No estaba segura si era sabor a papaya, u otra cosa que realmente no conocía. Había muchas frutas que no conocía, eso se dijo a sí misma mientras se levantaba. Pensó que quizás debía llevar comida desde la casa, podría ser más barato.
El resto del día contestó seis correos, claro que dos de ellos eran cadenas, se hizo cargo de localizar a dos trabajadoras extraviadas, mando dos saludos y un "me gusta" por Facebook y desistió por tercera vez de hacerse una cuenta en Twitter.
Esta vez si debía poder llegar a casa de su madre, para evitar cualquier trastorno en su ruta decidió tomar un taxi. Dos mil quinientos ochenta pesos, un pequeño robo, pero estaba bien, ella podía pagarlo.
Madre estaba mirando un episodio añejo de la Ley y el Orden, era uno especialmente sórdido. Dos hermanas habían cazado a un padre violador, le habían asesinado cortando su miembro en el baño de un bar. Ella estaba fascinada, al nivel de olvidar por completo dos cosas que podrían ser importante para el resto de nosotros: una, que había visto ese episodio la semana anterior, dos, que estaba cociendo porotos verdes y el agua había comenzado salirse. De haber llegado media hora tarde, esta historia hubiese sido más interesante, pero Eme cortó el gas.
—¿Cómo entraste? — Preguntó la mujer sin despegar de la televisión.
—Tengo llaves.
Madre asintió. Pero no se levantó, no hasta que ambas creyeron que era hora de comer algo. Sólo entonces ella se atrevió a soltar la carga que traía consigo.
—Me ascendieron — dijo ella, pero esta vez no se sintió tan bien como la primera vez.
Madre hizo una señal confusa con la cabeza, Eme no estaba segura si era aprobación o rechazo, pero estaba contenta al menos de no escuchar nada negativo.
Existen poderes escondidos que sólo una mujer después de pasar ciertos ritos oscuros y terribles logra adquirir. No importa lo que se haya dicho en la ficción, ninguna hechicera, bruja o hada ha tenido jamás lo poderes de este terrible ser simplemente conocido como madre.
Eme era inmune a la magia en general, pero la mujer que le dio la luz sabía que hilos tirar justo en el momento preciso, al igual que en ciertas artes marciales el tiempo y la edad sólo la hacen mejor.
—Jaime debe estar nervioso — dijo ella mientras untaba mantequilla en un trozo de pan que estaba ya algo duro.
Cualquiera en aquel momento habría emprendido una veloz retirada, sin embargo Eme no era cualquiera y aguantó por otros veinticinco minutos.
Sigue así, ojalá yo pudiera escribir como tu, en especial en el transporte público xD
Muy bueno, te lo faveo.