IV
Su nueva mesa era una "L" enorme. Estaba completamente vacía, sólo una nota doblada escrita con el puño y letra de Daniel Garrido. Sólo decía, "bienvenida al círculo de perros". A ella le pareció un chiste, sin embargo no sonrió. Sólo dejó que Bernardita le ayudase a poblar su nuevo espacio de trabajo. Primero le colocaron algunos lindos objetos de oficina, le llevaron cuatro lápices, dos de los cuales usaban tinta negra.
Se sentó su nueva silla, la que le pareció peligrosamente cómoda. ¿Qué pasaba si de pronto se quedase dormida ahí, en su recién estrenado puesto de combate?
—Mañana te traerán algunos cuadros — dijo Bernardita no demasiado a gusto con su rol de asistente.
—¿No puedo elegirlos?
Ella le dio una tremenda sonrisa.
—No, la gerencia los designa, cada empleado tiene un set.
Eme se preguntaba como lo hacía esta mujer para saber esas cosas, pero probablemente ella la única que ignoraba ese tipo de cosas.
Cuando por fin estuvo sola midió su oficina de un costado al otro. Ancho: uno, dos, quince pies de una mujer que calza treintaicuatro y medio. Largo: tres, cuatro, veinte pies de una mujer que calza treintaicuatro y medio. No era una tremenda oficina, pero estaba sola, estaba tranquila.
Actualizó su estado de Facebook. Esperó si tenía alguna respuesta positiva, después de media hora cerró su sesión comenzó a jugar con un Excel que había dejado a medio terminar hace unos días.
Mandó a imprimir dos copias de sus gráficos, que luego la misma Bernardita le llevó en una carpeta corporativa color blanco marfil, y con un asterisco azul marino en centro. Buscó entre los cajones de su escritorio, un lugar donde depositar su última obra, y se dio cuenta de que el primero estaba cerrado.
—¿Por qué no tengo llave de ese cajón? —Eme sabía que tenía poco talento a la hora de hacer preguntas, más si esta debía transformarse en un pedido.
—Por qué las llaves están prohibidas.
—Ya. Pero tengo un cajón cerrado, yo quiero tener un cajón abierto.
—Mejor cambiamos el cajón.
Eme se vio a si misma cambiando nuevamente de escritorio, después del esfuerzo biológico que le había significado acostumbrarse a este. Entonces dibujó su respuesta.
—No.
Bernardita soltó un resoplido de aire caliente y dejó la oficina. Eme se preguntaba si realmente era posible que su asistente y antigua colega pudiese realmente sentir algún tipo de rencor por ella o era un invento de la mujer, una descarga contra el cargo mismo. Dibujó una sonrisa cuando uno de los encargados de logística entró en su especio. No tardaron mucho en abrir el dichoso cajón, y tardaron aún menos eliminar el cerrojo, lo que a ella le daba exactamente lo mismo, para ella la intimidad sólo era una forma rosa de paranoia.
El contenido era muy simple, treinta y dos clips de colores. Dos verdes, ocho rojos, nueve amarillos, once rosado, uno negro y uno blanco. Un recorte de diario que mostraba casas para comprar en verde, y una copia de la primera, y única novela del Dr. Osmán Sblitz. Nadie observó cuando ella depositó el pequeño tomo en su cartera, así mismo nadie vio como dejó ese día la oficina, sonriendo, muy segura de haber conquistado al primero de sus enemigos.
Muy bueno, me gustó mucho el final, de seguro fue una gran victoria.