I
Antonia
Para ella, el tiempo había muerto. No recordaba cómo, cuando, o sí eso importaba mucho. Cero coma dos grados de temperatura, no es la mejor temperatura para pensar. Se quitó la ropa, primero los pantalones, luego los calcetines. Se quitó los sostenes y también la pequeña traba que llevaba en el pelo. Se acostó.
Afuera se escucharon los últimos llamados. La gente está de acuerdo por primera vez en mucho tiempo, pensó para sí misma, luego se dio vuelta y la abrazó.
Pasó su mano por el cabello lánguido y frío. Sintió que al hacerlo perdía energía, fuerzas, pero era lo que tenía de ella. Le habría gustado sentir una piel tibia, pero eso era mucho pedir. Menos uno punto siete, el hombre del altavoz vuelve a gritar. Escuchó algunas voces muy claras y pudo poner un nombre en cada una de ellas, incluso un rostro.
El cabello de Julia siempre había sido más brillante que el suyo, incluso en la pieza semioscura resplandecía.
Puso una de sus manos entre sus piernas, pensó en masturbarse, eso la mantendría tibia. Se sintió muy cansada para agitarse de cualquier manera. Sólo se durmió.
II
Barón
No era el más valiente, el más arriesgado, ni siquiera el más decidido, sólo le había tocado ser quien era en un mal momento. Era ingeniero, eso es verdad, pero no significaba que fuera un experto en supervivencia. Menos dos coma tres. Frío en las manos, en las orejas. Pensó que quizás sólo era un quejica porque sabía bien que hacía mucho más frío en otros lados.
Tomó el megáfono y escupió otra orden, la gente afirmó, comenzó la marcha, así de simple. Todos estaban listos para seguir una promesa. ¿Pero qué era lo prometido?
Habían caminado dos días cuando encontraron con los soldados. No era buena idea negociar con ellos, siempre tomaban más de lo que daban, y en el fondo estaban tan asustados como ellos.
-¿Qué quieres por dos barras de chocolates?
Era un hombre joven, de ojos pequeños. ¿Qué podría darle? Tenían un saco de utensilios varios, peinetas, algunos autitos de juguete. Pero algo si le interesó, había una peluca de pelo muy negro. Miró a las señoras que viajaban con él, sonrió e hizo el cambio.
III
Natalia
Cuando Natalia entró en la bodega se dio cuenta de que la temperatura era aún más baja ahí que afuera. Soltó un suspiro. Fue directo a la caja y sacó lo que necesitaba, arroz, fideos y algunos caldos en sobre.
Salió tan rápido como entró. Cuando Eduardo llegó se veía pálido, ella conocía la expresión, culpa.
Había sangre en su chaqueta y en su morral.
-¿Cuántos eran? – Preguntó.
-No más de doce, avanzaban en una camioneta del gobierno. No tenían armas, pero te traje esto.
Sobre la mesa brilló con fuerza, era una peluca. ¿Qué utilidad podría tener eso ahora? Natalia sonrió y susurró al oído de su esposo.
-Quizás la use más rato.
Eduardo dibujó una sonrisa amarga, su mirada se perdió en el cenizo pelo de su mujer, que antes había sido casi rojo. Quizás era un buen momento para olvidarse de los colores.
IV
Sebastián
Nada. Cuatro horas y no aparecía nada. Tres grados bajo cero, quizás más, no podía decirlo con certeza. Puso y dvd en la máquina, las vacaciones de sus padres comenzaron a proyectarse en el plasma. Escuchó la puerta abrirse. Lo vio entrar, su nombre era Hugo, o algo como eso. Era uno de los pocos milicos de fiar que podías encontrar en el camino. Nunca había sido su cliente, quizás las cosas había cambiado más de lo que él creía.
-Hola – dijo sin mirarlo a la cara, así eran los primerizos.
-Hola, ¿quieres algo para tomar?
-Sí, ¿tienes café?
-Si mi cabo, tengo.
Se bebió el casi transparente brebaje con algo de miedo. Sebastián lo sabía, era la desconfianza de los que han pasado mucho en el camino.
-¿Qué edad tienes? – Preguntó el militar poniéndose de pie.
-Veintiuno – contestó él quitándose los pantalones y revelando una pequeña tanga de encaje violeta.
-Para - interrumpió Hugo – quiero que te pongas esto y me digas que tu nombre es Antonia, por favor. Está limpia, las encontramos en el cuartel de unos contrabandistas, asaltaban a la gente del camino… no pudieron disfrutarla.
Una peluca negra calló sobre al suelo, era muy brillante. Sebastián la tomó, y aunque no era exactamente de su talla, debía usarla, el cliente siempre tiene la razón.
V
Gabriel
Entre las trabajadoras sexuales de los pequeños pueblos era costumbre contarse historias, había una muy linda sobre una pareja que había cruzado medio desierto, era un amor extraño. Él un ex militar, ella, Antonia, una prostituta de la vieja ciudad. A Gabriel le gustaría creer eso, pero seguramente sólo es un eufemismo a un grupo de milicos descarriados que habían violado en grupo a un travesti que se encontraron por ahí.
El padre Gabriel encontraba muy difícil el creer en sus congéneres. Había estado dando extremaunciones entre los refugiados que no lograrían llegar al norte. Ahora era tiempo de esperar a los camioneros que traían algunas cuantas frazadas y calefactores, la verdad es que no confiaba en ellos, pero con el fusil del gobierno en sus cabezas estaban obligados a comportarse.
-¿Padre Gabriel? – dijo un hombre de mirada oscura.
-Soy yo.
-Tenemos dos cargas para usted.
¿Dos? Por un momento se llenó de un entusiasmo, sólo esperaba un cargamento, dos era mucho pedir en este tiempo. Pero su alegría fue pasajera. El asistente abrió las puertas y en una efectivamente habían frazadas, sin embargo en la segunda sólo encontró algunos cadáveres. Eran civiles.
-No aguantaron – dijo el chofer integrándose a la escena – pero merecen una sepultura cristiana.
Una de las mujeres, ya mayor, quizás más de setenta, llevaba una negra peluca que por algún motivo se vio forzado a tomar. El trabajo no terminaba, pero quizás había espacio para conservar algo del mundo que se estaba apagando.
VI
Olga
El sol salió por la tarde, las niñas se entusiasmaron con la playa. Comenzaron a jugar entre las olas
que iban y venían.
Margarita estaba especialmente contenta ese día, Olga se había prometido no entrar nunca en la vida de las niñas, sus vidas eran frágiles, cuando el frío volviera muchas de ellas no regresarían a ella. Antiguamente ser profesora significaba educar para el futuro, ahora sólo podías asegurar un rato de entretención mientras sus padres iban de un lado a otro recogiendo los pedazos de su mundo.
Entonces se escuchó el grito. Antonia fue la primera en atender, siempre estaban juntas, las niñas de esta edad son así, amigas para siempre, inseparables. Margarita había encontrado un monstruo marino y todas debían verlo.
Olga pensó en algún animal marino enfermo por el frío del sur, o algo así. Pero cuando enfrentó la negra forma en la orilla, lo supo. Era una peluca, estaba sucia, opaca.
-¿Puedo quedármela? – Preguntó Margarita.
-Es una cochinada – contestó la educadora.
-Por favor.
-La limpiaremos – dijo Antonia interrumpiendo.
No había forma de negarse, no ese día de sol, no en ese lugar, no a esas niñas.
Interesantes los relatos, me gusto que en todos aparecía la peluca :3
Pronto saldrá la versión completa de esa historia.
Yeeeih
Me gustó mucho la separación de las historias.
Es una muy buena idea para hacer un corto jajaja