Consejos para viajeros
I
Se dicen muchas cosas sobre el cielo de la noche, sobre sus estrellas, sobre sus oscuridades. Dicen, por ejemplo, que si miras al centro mismo del universo verás un pequeño planeta llamado Tierra, aunque la verdad todos los planetas habitados se llaman así en su lengua nativa, inclusive aquellos que están cubiertos mayoritariamente por agua.
Hay que decir, antes de seguir con el relato, que esta pequeña Tierra, al centro de todo el universo, es distinta a todas las demás. Verás, los dioses que la crearon fueron más bien creativos que prácticos con ella. Se dice que cientos de caminos la conectan con las demás Tierras, con universos paralelos, incluso con dimensiones que sólo se pueden ver de reojo. Eso es muy probable, pues casi todo lo imaginable puede ser encontrado en sus cuatro grandes continentes. Miles de historias se han escrito en sus inmensos desiertos, sus montañas, bosques, en sus océanos; cientos de ciudades fantásticas que se han levantado sobre su suelo y bajo este, bajo sus aguas, incluso en sus cielos. Algunas se han ido para siempre, otras, quizás por timidez, se han vuelto invisibles. Pero la verdad es que son todas pálidos reflejos si la comparamos con aquella levantada sobre el gran espinazo, aquella que divide el desierto del norte de los grandes bosques del sur. Aquella cuyas faldas terminan besando el mar gris, y retroceden hasta las colinas silenciosas. La verdad es que su nombre fue dado muchos años antes de nuestro tiempo, por criaturas que ya no habitan el mundo de los vivos. Por asuntos de turismo han querido cambiar su nombre, pero todos la siguen conocido como Bajo Raíz, la ciudad eterna.
Es tarde, hace ya dos horas que el sol se ha escondido, pero los inmigrantes, venidos desde los confines del continente siguen llegando. Algunos vienen huyendo, otros buscan un futuro mejor para su familia, otros van de paso a destinos aún más lejanos. La verdad es que cualquiera que busque un refugio podrá encontrarlo entre las calles de la ciudad, es verdad que algunas veces es dura, fría, o simplemente incomprensible pero es constante, es fiel y es firme.
Los hombres de la caravana han conducido toda la noche tan sólo para encontrar las puertas cerradas. Los caballos están cansados, los niños durmiendo, bueno, casi todos. Los gemelos han estado hablando de la ciudad desde que cruzaron el acantilado de Antú. El Consejo de la Ciudad ha decidido cerrar la gran puerta del sur después de las nueve y media. ¿La razón? Una horrible plaga de pulgas, así es, pulgas… acompañadas de poderosos y sanguinolentos hombres lobos, claro está.
Ahora Faarih y su hermano menor por quince minutos, Rustam, deben esperar, y no son buenos haciendo eso. Han colmado un poco la paciencia de su padre y ahora se alejan de la carreta a regañadientes. Frente a ellos brillan las luces de las grandes torres de la universidad, las chimeneas siguen arrojando humo, la ciudad está despierta, simplemente no está lista para dejarlos entrar.
Pasan los minutos y otros se les unen. Algunos, como ellos, llegan en carretas gastadas por el sol, otros más extraños montan grandes pájaros que parecen gorriones de tierra. Gente de todos colores y formas, incluso algunos que ellos no podrían llamar exactamente gente.
—Tengo miedo — confiesa Rustam mientras observa a los extraños.
Faarih se siente igual, pero no está listo para reconocerlo, en vez de eso camina hacia a uno de esos inmensos pájaros y con sus ojos negros abiertos como dos grandes monedas soltó su pregunta.
—¿Cómo les llama usted a eso?
Un pequeño anciano monta al curioso animal. Está demasiado delgado para ser un hombre sano, pero su sonrisa parece sostener a todo su delicado cuerpo.
—Es un Yin-Yin, viven al norte de Bajo Raíz, en el desierto… si me ayudas a bajar, te puedo contar más, vamos a tener tiempo, las puertas de la ciudad no se abren hasta las siete de la mañana.
A pesar de su edad, el viejo realmente no necesita ayuda, en un rato levanta un pequeño campamento. Tan sólo deja que los chicos hagan la fogata para que se sientan bien y gasten algo de energía.
—¿Qué edad tienen? — Pregunta el viejito sin levantar la vista del pequeño fuego.
—Nueve — contesta Rastam desde la distancia.
El viejo asiente con algo de ternura.
—La primera vez que crucé las puertas de la ciudad tenía ocho, eso fue hace mucho — el viejo hace una pausa, mientras otros viajeros se suman a la fogata.
Faarih miró para comprobar que su familia también se unía a la fogata. Sólo entonces suelta la pregunta que estaba incubándose en su garganta desde que vio al anciano llegar.
—¿Quién es usted?
—Por fin, tardaste un rato — dice sacando un librito entre sus ropas —verás, para contestar esa pregunta dile a tu madre que prepare unas tortillas con mantequilla, mira que tenemos para un buen rato.
Tras las murallas de la ciudad el vigía de la guardia hace sonar la diana. Los viajeros se sobrecogen por un momento, al menos hasta que llega la comida, sólo entonces el viejo vuelve a abrir la boca.
—Empecemos.
redactado que está y por la sensación que me produce de que
prometerá mucho, seguiré leyendo las siguientes partes.
Entonces te daré una mejor opinión.
Espero ver más de esto, felicitaciones estimado.
Paulo Daniel Lorca
Gracias, y siempre estas invitado a poner tu arte, Bajo Raíz también da para historias de horror, misterio y pesar1.
1. Claro que la comedia se da sencillo, porque los humanos tendemos al error.
Saludos cordiales,
F.
P.S.: Te invito a que visites mi Blog en [link] Soy un Escritor (Novato) de Fantasía y puedes leer algunos de mis relatos ahí.